En esta oportunidad publicaremos el artículo del Dr. Gonzalo Herránz del Departamento de Humanidades Biomédicas, publicado anteriormente en la Revista Medicina y Morale Vol 60 -pp 363-382 (2010).
El tema demás está decirlo, es de un interés y actualidad necesarias. Será publicado en este sitio en dos
partes, la primera en este mes, y la segunda en septiembre de este año en curso.
Dr. Gonzalo. Herránz
Departamento de Humanidades Biomédicas, Universidad de Navarra
La deontología médica desde la tradición hipocrática al Cristianismo *
SUMMARY
Medical Deontology: From the Hippocratic Tradition to Christianity
The basic aim of this article is to compare two versions of the Hippocratic Oath: the famous pagan one and the almost unknown “Oath according to Hippocrates in so far as a Christian may swear it”.
The attitude of early Christians toward medicine was guided by their lively remembrance of Jesus, who, as healer and comforter, never denied his help to the sick, not only Jews, but also Samaritans or Pagans. Early Christian physicians, in consequence, placed patients without dis-crimination in a preferential position, and so they were able to develop a specific synthesis of professional prowess, brotherly love and a redemptive sense of suffering. They responded to human disease not with exorcisms or magic, but with medicine and with a surprisingly “mod-ern” medical ethics.
The Christian version of the Oath introduces, despite its literal acceptance of many tenets of the Pagan Oath, some revolutionary novelties. The substitution of the swearing by the pagan deities for the invocation to God the Father and the declaration “I lie not” places the new formula in a perspective of transcendence and eternity. The old covenant between master and disciple with its added duties of financial help and practice dependence is changed to an open recognition of mutual respect between teacher and student. In the new circumstances, to be possessed by a strong professional calling becomes the only requirement for access to the medical art’s learning. Now loyalty to the patient takes precedence over submissiveness to the master: medical corporativism is banished. The Christian version omits also the “surgery clause”, so the old barriers to the equal dignity of all medical specialties are removed.
In view of these and other values of the Christian Oath, the author regrets the almost universal ignorance surrounding this important document, and the scarcity of studies devoted to its history and contents. All the same, the comparison of both versions, Pagan and Christian, of the Oath helps to understand the impressive and permanent impact that Christian physicians of the Antiquity brought about to the ethics of medicine.
Key words
Early Christian Medicine, Christian Hippocratic Oath, History of Medical Ethics
1. Introducción
En esta intervención trataré de ofrecer algunos datos y reflexiones sobre la transición que acaeció en los primeros siglos de nuestra era, cuando los médicos cristianos fueron operando la conversión al cristianismo de la medicina y su deontología. Es una historia de la que, por desgracia, sabemos poco.
Nos gustaría conocerla en detalle, no por erudición, sino para inspirar nuestro propio trabajo. Porque, la situación de aquellos primeros médicos cristianos y la nuestra coinciden en mucho. Vivimos en un ambiente paganizado, semejante al que ellos encontraron. Quizá el de ahora sea más tóxico, pues, como afirmaba el Cardenal Ratzinger en el Vía Crucis del Colosseo de 2005, muchos cristianos, cansados de la fe, han abandonado al Señor; y, las ideologías dominantes, olvidándose de Dios, van camino de desentenderse del hombre. ¿Cómo lo hicieron aquellos colegas nuestros del primer tiempo cristiano para transformar la profesión desde dentro? Hemos de contentarnos, al decir de William Jones, con unos “pocos y tenues rayos de luz que apenas iluminan algunos rincones oscuros de la historia”.
Cuando se echan cuentas del legado documental de la deontología cristiana antigua, la suma no es muy considerable: algunas alusiones indirectas dispersas por los escritos de los Santos Padres y una página suelta de valor incalculable, el Juramento según Hipócrates tal como lo puede jurar un cristiano.
La intención básica de esta charla es poner en parangón las dos versiones, pagana y cristiana, del Juramento de Hipócrates, pues me parece que de esa comparación po-dremos obtener una idea bastante definida de la contribución de los médicos cristianos a la deontología médica de la antigüedad. Me valdré de la traducción de ambos Juramentos que, junto con un ensayo crítico, publicó William Henry Samuel Jones en 1924, que aún hoy se conservan plenamente válidas.
* Comunicación presentada al I Congreso de Médicos Católicos, “Ars medica y fe cristiana”, celebrado en la Universidad CEU-San Pablo, de Madrid, los días 11 y 12 de junio de 2010.
Espero así alcanzar dos propósitos. El primero, ayudar a que el Juramento cristiano sea más conocido y más tenido en cuenta. El segundo, es poner de relieve que la irrupción del cristianismo provocó, como era de esperar, cambios muy profundos y duraderos en la ética de la medicina.
Del Juramento pagano que alguien, en la Alejandría del siglo III a. C., insertó en el conjunto de escritos que llamamos Corpus hipocrático, no es necesario hablar: ha sido una luminaria que ha guiado la conducta de los médicos a lo largo de casi dos milenios y medio. Muy pocos documentos han gozado de tanta fama e influencia. Y, sin embargo, de él conocemos el texto y no mucho más. Ignoramos cuándo se redactó y por quién, si ha llegado a nosotros en su tenor original o ha sido mutilado o interpolado, y dónde y por cuánto tiempo tuvo fuerza, o fue simplemente un documento de buenas y retóricas intenciones.
A lo largo de los últimos 60 años, el Juramento de Hipócrates ha sido objeto de muchas y duras críticas. Algunos ideólogos lo han tachado de esotérico, minoritario, grandilocuente, producto de una mentalidad elitista. Robert Veatch lo ha tildado de profundamente inmoral, incompatible con las religiones monoteístas y con la filosofía moral moderna. El estudio de Ludwig Edelstein que afirmaba el origen pitagórico del Juramento, ha sido rebatido de modo convincente por Plinio Prioreschi y Heinrich von Staden. Pero la versión pagana del Juramento, tras pasar por muchos altibajos, sigue siendo, al cabo de 25 siglos, un documento estelar de la ética médica.
En comparación con la pagana, la versión cristiana apenas es conocida. No diré que haya sido deliberadamente ignorada, pero, de hecho, ni ha atraído la curiosidad de los historiadores, ni el interés de los bioéticos, ni la adhesión de los médicos cristianos. De ella, conocemos el texto, pero ignoramos casi todo lo demás. Y, sin embargo, espero mostrarlo, es en sí mismo un documento de interés excepcional.
Para comprender mejor la transición de la deontología médica del paganismo al cris-tianismo, necesitamos antes ponerle a nuestro estudio un sencillo marco histórico.
Una visión panorámica
Hasta no hace mucho, era opinión muy difundida entre los historiadores que la expansión del cristianismo asfixió la cultura clásica tardía y trajo la ruina del Imperio Romano. En lo que hoy nos concierne, se afirmaba que los primeros cristianos recelaban de los médicos y sus procedimientos curativos, y que, fiándose más de la oración que de las medicinas, recurrían a las plegarias a Jesús y a los mártires en busca de curación.
Esa versión, desquiciada e indocumentada, ha sido desmentida por la investigación reciente. Aunque hubo marcadas diferencias entre sus fracciones de Oriente y Occidente, se ha comprobado hoy que el Imperio Romano tardío no fue un periodo homogéneamente decadente, pues tuvo momentos de gran creatividad, en algunos de los cuales los cristianos hicieron vibrar la cultura. La oposición de algunos Santos Padres a la medicina pagana no iba dirigida contra ella en cuanto tal, sino contra los sacerdotes del culto asclepíada que sostenían que los milagros de Cristo eran debidos a Esculapio, y que Cristo un mero instrumento del dios de la medicina.
Los Santos Padres no regatearon alabanzas a los médicos competentes. Algunos Padres tenían sólidos conocimientos médicos y citaban con soltura a Hipócrates y Galeno. Hubo médicos que jugaron un papel importante en las comunidades cristianas primitivas, como obispos y monjes fundadores; y también laicos, como el evangelista Lucas y los mártires Cosme y Damián. Los Padres emplearon con frecuencia metáforas médicas, y no se resistieron a llamar a Jesús “Cristo médico”. Él es “nuestro Hipócrates espiritual”, llegó a exclamar San Jerónimo. Y Henry Sigerist coleccionó invocaciones a “María médica”, curadora y consoladora. A la Santísima Virgen se apelaba en aquellos siglos con los títulos de: Medicus infirmorum, Medica humanarum infirmitatum, Medicina aegrotantibus, Vulnerum nostrorum medicina, Medicina nostra.
Nada revela más claramente la estima por la medicina y los médicos que esos títulos atribuidos con amor y reverencia al Salvador y a su Madre. Jesús era modelo para los médicos, que habían de tratar a todos con empeño y dedicación, como Cristo lo había hecho con judíos, samaritanos y paganos. Y modelo también para los enfermos, pues Él cargó con nuestras enfermedades; y se identificó con ellos, pues visitar a un enfermo era visitarle a Él.
¿Qué supuso la irrupción de los médicos cristianos en la deontología antigua?
Gary Ferngren afirma en uno de sus libros que la medicina, tal como la conocemos hoy, desciende por vía directa de la síntesis intelectual y vital que realizaron los médicos cristianos de los primeros siglos. Eso choca con el prejuicio historiográfico de llamar edad oscura a los siglos que van de la antigüedad clásica al renacimiento, y de repetir que no dejó huella alguna en la medicina posterior.
Los médicos cristianos de los primeros siglos – que, como la cristiandad misma, formaban un conjunto heterogéneo de hombres de toda raza y nación (libres, libertos o esclavos, conversos o cristianos de nacimiento) – cumplieron el consejo paulino a los de Tesalónica: “examinadlo todo y quedaos con lo bueno”. Ponderaron, a la luz de la fe, las doctrinas, sistemas y prácticas que entonces circulaban , y tomaron decisiones originales. En lo que miraba a la patología, se decantaron por la visión de la enfermedad, no como evento mágico o teúrgico, sino como fenómeno natural y objeto de observación empírica. Y en lo que miraba a la deontología, optaron por compenetrar el deber de competencia con el mandato de la caridad y el sentido redentor del sufrimiento. Impregnaron así el arte de la medicina con la aceptación animosa del mandamiento nuevo, para cuidar a los enfermos, cristianos o no, como hijos de Dios, Padre de todos. Los primeros cristianos respondieron a la enfermedad con medicina y ética, no con milagros o exorcismos.
La síntesis era de enorme trascendencia. Basta para comprenderlo, poner en contraste la ética de ambas medicinas, pagana y cristiana. En lo que concierne a la relación médico-paciente, la filantropía pagana, formalista y selectiva, se muda en caridad cristiana, sincera y universal. En lo que mira a la función social de la medicina, asistimos a una revolución. “Un cambio radical — dice Henry Sigerist – se produjo con el advenimiento del cristianismo que vino al mundo como el alegre evangelio que prometía la curación y la redención. El mundo estaba enfermo y la nueva religión prometía curarle tanto espiritual como físicamente. El cristianismo ganó al final la batalla porque no era una religión dirigida sólo a los puros y justos, sino que acogía a enfermos, pecadores, esclavos: a todos los castigados por la vida. En la sociedad cristiana, los enfermos no eran odiados por su pecaminosidad o su inferioridad; por el contrario, se les hacía objeto de preferencia. Era deber de toda la comunidad ayudar y atender a los enfermos y los pobres. Quienquiera que entrase en la comunidad cristiana se convertía en miembro de una familia”. De esa preocupación, surgieron los hospitales. Ahí se fraguó la primera deontología médica cristiana, que, como ha mostrado Pedro Laín, impone el deber de atender al enfermo por obra del amor de efusión (agápe), transformando en caridad operativa la philantropía hipocrática inspiradora de la philotekhnía.
El aprecio de los cristianos por la medicina no quedó sin pago. Es poco conocido el papel de primera línea que jugó la medicina en la expansión de la fe. No fue mucho lo que creció la Iglesia por la fuerza de los milagros (eran tenidos por magia), o por el testimonio de los mártires (para muchos, un espectáculo de circo). La conversión de la sociedad pagana vino, sobre todo, por el ejemplo de vida y la efusión de caridad de los primeros cristianos. Rodney Stark ha destacado como la respuesta de los cristianos a la sucesión de pandemias que asolaron el Imperio Romano desde el siglo II al IV, y diezmaron la población (se calcula que un tercio de ella murió en aquella sucesión de epidemias), hizo cambiar las cosas. Las comunidades cristianas y sus médicos asistieron a los enfermos graves, correligionarios o no. Así murieron muchos fieles, y también muchos médicos cristianos. Ese testimonio, humilde y heroico, atrajo a muchos a la Iglesia.
La proporción de médicos entre los cristianos era notablemente mayor que entre los paganos. Y también la de médicas: en trabajos arqueológicos recientes de cementerios cristianos en oriente medio de la antigüedad tardía se han encontrado inscripciones sepulcrales de numerosas médicas cristianas que nos dicen con superlativos que gozaron en vida de gran cariño y aprecio.
En la tarea de darse una ética, los médicos cristianos no partieron de cero, no estaban solos. Encontraron colegas paganos de alma naturaliter christiana. Un ejemplo notable es Escribonio Largo, de mediados del siglo I de nuestra era. En el prólogo que puso a sus Composiciones, incluye una breve deontología de la professio, entendida como la declaración pública de deberes, officia, que el médico asume en su trabajo. “Merecen el desprecio de los hombres y de los dioses – dice — los médicos que no tienen el corazón lleno de compasión (misericordia), de humanidad (humanitas) y de voluntad de no dañar a nadie y de atender a todos por igual (voluntas). Afirmaba Escribonio que la medicina era “scientia enim sanandi, non nocendi”, y concluía que Hipócrates, al prohibir en su Juramento la práctica del aborto, “había dado un gran paso adelante para preparar el corazón de sus estudiantes para la humanitas.”
Con antecedentes así, no era necesario crear “de la nada” una deontología que guiara a los médicos cristianos. Bastaba adaptar la ética inscrita en el Juramento hipocrático.
Pues bien, alguien, en algún sitio, produjo el Juramento cristiano, el llamado “Juramento de Hipócrates según un cristiano puede prometerlo”. Jones ha sugerido que fue redactado en el siglo II, pero en tiempo anterior a la obra de Galeno (130-200 d.C.). Ese es también el parecer de Prioreschi. Paul Carrick, por su parte, basándose en datos indirectos, apunta la posibilidad de que la versión cristiana del juramento existiera ya al comenzar el siglo III. Allan Verhey, sin embargo, lo retrasa al siglo VI. Otros lo desplazan al VIII.
El Juramento cristiano apenas tiene historia en el pasado. No sabemos bien si se usó y en qué medida. Parece ser que gozó de influencia en el Mediterráneo oriental. No tenemos pruebas de que se usara en el occidente europeo latino. Sabemos que, en la Italia ostrogoda y en monasterios de Europa septentrional y central, se imponía a los que iniciaban su formación médica a comienzos de la Edad media: era el primer libro que tenían que estudiar. Se conservan tres manuscritos (datados del siglo X al XIV) que conservan el texto griego completo del Juramento cristiano: simbólicamente, aparece en dos de ellos en forma de cruz.
Lo curioso es que el Juramento cristiano no tenga historia contemporánea. Lo redimió del olvido Jones, en 1924. Han tratado de él, y de modo superficial, June Goodfield, Allan Verhey y Nigel Cameron. Lo aluden de pasada otros pocos autores, a veces para menospreciarlo. Lo ordinario es ignorar su existencia.
¿Por qué ese silencio? Y, ¿por qué la predilección por el famosísimo Juramento pagano? Quizás sea una hipótesis dura, pero sospecho que los jóvenes médicos y sus mentores han preferido, a la hora de profesar su ética, guiñarle un ojo a los ídolos griegos que mirar a Dios de cara.
3. Los dos Juramentos en parangón
Pasemos a comparar los dos Juramentos. Podremos apreciar así un aspecto significativo de la transición de la deontología del paganismo al cristianismo.
Lo primero que llama la atención es lo mucho que tienen en común. Cierto que el Juramento pagano no representa la diversidad deontológica entonces reinante. Lo escogieron los cristianos por coincidir muy ampliamente con su ética. Predominan visiblemente los contenidos comunes. Pero las diferencias entre ambos Juramentos no son menos significativas que sus coincidencias.
La cláusula inicial de invocación:
Donde el Juramento pagano decía
“Juro por Apolo, médico, por Esculapio, y por Higea y Panacea, y por todos los dioses y diosas del Olimpo, tomándolos por testigos, cumplir este juramento según mi capacidad y mi conciencia”,
el Juramento cristiano dice:
“Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Sea bendito por los si-glos de los siglos. No miento”
El médico cristiano no podía jurar por falsos dioses de la medicina y los del panteón olímpico, deidades a las que había vuelto la espalda para servir al Dios vivo.
Mediante la sencilla doxología “Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo”, tomada quizás de la primera carta de San Pedro (1 Pet 1,3), el médico reconoce que Dios será testigo permanente y cualificado de su trabajo. Lo presenciará como Padre de infinita misericordia, a cuya gloria el médico dirige su arte y su estudio. Y, simultáneamente, la invocación pone al médico ante Dios como Juez a quien el corazón y los pensamientos son transparentes. La referencia a la eternidad de Dios recuerda al médico su propio destino eterno.
La situación que crea esta cláusula introductoria es impresionante. Las promesas del médico son decisiones, libres, meditadas, inamovibles, las que un agente moral toma en los pocos momentos verdaderamente determinantes de su existencia. No estamos ante una opción revocable o a corto plazo, sino ante un propósito firme, inequívoco, que guiará la conducta futura, del que un día tendrá que rendir cuentas delante de Dios.
La doxología inicial hace referencia explícita a Jesucristo como Señor. Sospecho que es apelación intencionada, para marcar una diferencia con el “Apolo médico” del Juramento pagano. ¿Por qué, en el texto del Juramento cristiano, Jesús no es llamado médico, sino Señor? Es cuestión abierta a variadas interpretaciones. Jesús, que había curado a tantos, y que dijo una vez, “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a penitencia” (Luc 5, 31-32), nunca se llamó a sí mismo médico, ni se presentó como tal. Y, sin embargo, la expresión “Cristo médico”, usada por vez primera a principios del siglo II por San Ignacio de Antioquía en su Epístola a los Efesios, se difundió rápidamente y fue muy empleada por los Santos Padres. De todos modos, Marie-Anne Vannier advierte, pero no documenta, que en una forma tardía del Juramento, calcado del pagano, se decía: “Declaro por Cristo Médico y le tomo a él por testigo de que, en la medida de mis fuerzas y de mi conocimiento, respetaré el juramento […].
No miento
Vemos, también, que, en lugar de prestar un Juramento explícito, el médico cristiano declara, con sinceridad aprendida del Evangelio, “No miento”. En el Sermón del Monte, Jesús había dicho a sus discípulos que nunca jurasen en falso y que cumplieran sus juramentos; pero añadió que decir sencillamente ‘Sí’ o ‘No’ era mejor que jurar. Recordando la doctrina de Jesús, el médico cristiano dice “No miento”. Su honradez de cristiano es aval del compromiso contraído.
Estas dos palabras “No miento” ocupan un lugar ético central en el Juramento cristiano. Van dirigidas simultáneamente a Dios y a los hombres, representados por los testigos de la ceremonia. Sabe el médico que, al jurar, se impone a sí mismo y por su voluntad libre un compromiso categórico, que absolutiza el objeto de las pocas y fundamentales promesas que echa sobre sus hombros. Se está jugando el alma, pues, como apuesta y prenda del cumplimiento de su promesa, no pone dinero ni honores: pone su identidad como persona moral. La conciencia del médico se hace así fiable y, con el apoyo de la gracia de Dios, recta, sincera y firme. Como señala von Staden, a propósito de la recíproca dinámica divino-humana implícita ya en el Juramento pagano, el médico que jura “no tolera desacuerdo ni fisura alguna entre ser y parecer, entre apariencia y realidad, entre opinión y verdad”.
El nuevo compromiso
Donde el documento pagano decía:
Tendré al que me enseñó este arte en la misma estimación que a mis padres, compartiré mis bienes con él y, si lo necesitara, le ayudaré con mis bienes. Consideraré a sus hijos como si fueran mis hermanos y, si desean aprender el arte médico, se lo enseñaré sin exigirles nada en pago. A mis hijos, a los hijos de mi maestro y a los que se obligaran con el juramento que manda la ley de la Medicina, y a nadie más, les enseñaré los preceptos, las lecciones y la práctica,
el cristiano dice:
No mancharé la enseñanza del arte de la medicina. Enseñaré el arte a los que quieran aprenderlo, sin ocultarles nada y sin hacerlos mis servidores.
En el juramento cristiano desaparecen las obligaciones casi filiales


Mil gracias por este artículo, y en general por el blog. Siempre me hace sentir que estoy apenas comenzando a aprender en el campo de la Bioética.