Ago. 08 2009

“La índole tecnológica del ser humano” José Luis Del Barco.

Posted by lararoche

LA ÍNDOLE TECNOLÓGICA DEL SER HUMANO
(THE TECHNOLOGICAL CHARACTER OF HUMAN BEING)

Prof. Dr. José Luis del Barco
Universidad de Málaga

La técnica no es accidental, sino esencial, al ser humano. Es el modo de vida del homo sapiens sapiens. No ha habido vida humana pretecnológica ni un periodo de la historia sin ella. Desde que el hombre puso los pies sobre la tierra empezó a fabricar instrumentos. Y seguirá fabricándolos. El arado, la aeronave y los ingenios técnicos del futuro son fases del progreso técnico. La asombrosa capacidad humana para fabricar se debe a la conexión entre las manos y el cerebro. La técnica no debe ser objeto de reverencia ni de temor pero sí debe ser gobernada.

Technique is not accidental, but essential, to human being. It is the homo sapiens sapiens way of life. There is neither pretechnological human life nor a historic period without it. Human being is making tools and instruments since the very moment he is on earth. And so will he go on. Plough, airship and future apparatus are stages of the technical progress. The enormous human aptitude for making is due to the connexion between brain and hands. Technique ought be neither venerated nor feared but ruled.

Palabras claves: Técnica, connexion entre manos y el cerebro, evolución, fines y medios, medio instrumental.

Technique, connexión between brain and hands, evolution, means and aims, instrumental environment.

El hombre no habita ni ha habitado nunca un mundo natural. Desde el lejano día que puso los pies sobre la tierra, empezó a transformarla. Frotando dos palos hizo fuego en invierno, con la rama de un árbol se construyó una lanza, abrió una besana con la reja del arado. Fueron intervenciones sin graves consecuencias sobre la naturaleza, aunque en algo la alteraron. Sobre su superficie, sin cambios e igual durante siglos, quedó impresa la huella de unas manos inquietas. Por obra de su industria, surgieron cosas nuevas, lanzas y besanas, que se añadieron a las que existían. Con el sol, la luna, los montes y los ríos convivieron vasijas, hachas y tumbas. A lo natural se unió para siempre lo artificial. Así ha sido desde entonces. El hombre ha seguido sin interrupción, movido por un temple que lo mueve a hacer, produciendo mil obras que sin él no existirían. De la rueda a la aeronave no ha parado ni un minuto de crear herramientas, artefactos y utensilios. Se ha construido un mundo propio sin parangón con el hábitat de las demás especies. No natural, sino instrumental, es el universo humano. El bon sauvage de Rousseau es una ficción al servicio de otra ficción: la vida del ser humano antes de la existencia de la sociedad. Nunca ha existido un salvaje, ni bueno ni malo. El hombre ha sido y es un ser cultural. Siempre, siquiera mínimamente, tecnificado. No puede ser de otro modo porque es por esencia dinámico y laborioso. Su biología es tecnológica y lo capacita para hacer instrumentos con instrumentos. Eso es la técnica y no tiene fin. Asi lo muestra la historia, ese relato de una carrera sin término hacia lo desconocido o la crónica de asombros que va del tam-tam al móvil, del caballo al avión, del boca a oreja a internet. Sólo tiempo ha hecho falta para el apogeo del aparato al que asistimos hoy día. Y es cuestión sólo de tiempo ver cómo son desbancados los que ahora nos deslumbran por otros más portentosos. Pero pocos o muchos, prodigiosos o triviales, jamás han estado ausentes del universo humano.

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Un dinamismo así, que transforma lo que toca, produce sin parar cosa tras cosa y parece decidido a acabar con lo imposible, provoca reacciones antagónicas. Una es reverencial. La técnica se idolotra. La espectacularidad de sus logros, rayanos en lo increíble, es deslumbrante. Fascina tanto que ofusca. Con frecuencia nos pone en un estado de pasmo en el que nos sentimos inclinados a decir la palabra “omnipotencia”. No hay problema que se resista al poder de la tecnología. Extravagantes visiones tenidas por imposibles durante mucho tiempo se han hecho realidad. Los viajes intergalácticos o el descenso a los fondos abisales del océano, reservados hasta ayer a la ficción literaria, son hoy algo rutinario. La tecnología recorta el radio de la ficción y aumenta el de lo posible. Casi todo nos lo pone al alcance de la mano. Hasta el límite insalvable de la sabia sentencia, “todo tiene remedio menos la muerte”, parece estar a punto de caer. Con la ayuda de la técnica llamada clonación los raelistas prometen la inmortalidad. Ella, la inmortalidad, o la eterna juventud, o la piel tersa y fresca, o la fuerza sin mengua pese al paso de los años auguran para el futuro las técnicas biomédicas. “El rasgo esencial de la última fase de la biomedicina, dice Ulrich Eibach, es disponer al hombre en el mundo de tal forma que pueda ser objeto de investigación y planificación: un diseño tecnológico más. […] El fin oculto de la ciencia, orientada por un pensamiento utópico, parece ser la creación artificial de seres vivos y la victoria sobre la muerte” . No hace falta recurrir a esas exageraciones, hasta hace bien poco inimaginables, para quedar seducidos por la tecnología. Basta acudir a ejemplos cotidianos. Enviar un mensaje a cualquier rincón del mundo a traves de las ondas, ver en tiempo real lo que ocurre en las antípodas, suprimir el dolor con un analgésico, iluminar la noche u obtener información de satélites que flotan en el espacio forma parte de la vida diaria. Esas cosas son coser y cantar. En el día a día ocurren milagros tecnológicos delante de nuestro ojos. Ante tanto prodigio nos quedamos de una pieza. La idea embaucadora de que no existe un problema que no resuelva la técnica se adueña de nuestras mentes. Llegamos a creer que es un poder sobrehumano y despierta reverencia.
Junto a la reverente, la técnica provoca una reacción miedosa. Antes o después su poder desmedido se nos irá de las manos. Ciertos síntomas indican que ya hemos empezado a perder el control. El automóvil se ha hecho dueño de las ciudades. No podemos impedir que las invadan y nos vemos obligados a cambiar nuestro hábitos y a respirar aire impuro. Internet pone el mundo a nuestra disposición. Eso es fantástico pero peligroso a ciertas edades. El mundo en manos de un niño, el acceso de sus ojos ingenuos al carnaval de la comedia humana, donde conviven bondad y protervia, plantea un desafío a la educación. Ésta es una actividad de cuya dirección hemos sido enajenados. Los cauces habituales por los que discurría, la familia y la escuela, se baten en retirada ante los informales. Los juegos con otros, a cualquier edad, van siendo desbancados por las videoconsolas y otros “juegos onanistas”, que cada uno juega a solas consigo. Las riendas de lo lúdico le han sido arrebatadas a la imaginación y entregadas a la técnica. “¡Oh tiempos aquéllos, se lamenta Alejo Carpentier, en que los niños, ignorantes de radio y televisión, gastaban su excedente de energías en juegos de creación: periódicos caseros, teatro, representaciones, música” . Hasta la procrecación pasará a manos suyas. Se habla de hombres a la carta, Nocizk usa la expresión “supermercado genético”, hay quien piensa fabricar el hombre-mono y Un mundo feliz, Fausto y otras obras de ficción presentan la vida como una manufactura hecha en el laboratorio. También en el terreno intocable de la vida la técnica se ha engreído hasta el punto de robarnos el ámbito improfanable. Estas y otras proezas, del tamaño de titanes, despiertan la conciencia de que la técnica es como el hijo que se revuelve contra su padre. Ya no es dócil sino rebelde y hace cara a su autor. La insubordinación asusta. De la alarma que causa su dimensión gigantesca se nutrió la reflexión de la Escuela de Frankfurt. Marcuse, Adorno u Horkheimer, tan distintos en todo, coinciden en acusar a Occidente de haber desarrollado la razón instrumental de manera obsesiva. Las consecuencias de la manía están a la vista. Postergar las dimensiones teórica y práctica de la razón, la asfixia burocrática, la amenaza tecnocrática y un tipo nuevo de hombre, el unidimensional, son las más desastrosas. Un temor parecido está en el origen de la conciencia ecológica. El triste espectáculo de una naturaleza esquilmada ha hecho aparecer una nueva sensibilidad. Nada le duele tanto como el deterioro medioambiental, cuya causa principal sitúa en la acción humana. Aunque el hombre ha sido activo en toda la historia, su actividad fue inofensiva durante milenios. Hoy no lo es. Ahora aumenta su eficacia con la tecnología y puede ser destructora. La alianza entre acción humana y técnica es capaz al parecer de arruinar la tierra. Es prepotente y espanta. He ahí la reacción miedosa.

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Ni reverencia ni miedo. Ambas reacciones son inoportunas. Desconocen que la unión entre el hombre y la técnica no es accidental, una contingencia que podría darse o no, ni se establece al azar, por un golpe de suerte o por obra de la aciaga fortuna, después de un tiempo sin ella. La técnica es su forma de vida. No ha habido humanidad pretecnológica ni vida humana sin técnica. Antes del hombre existía la vasta naturaleza. Era el amplio regazo de la serie infinita de los seres naturales. La llegada de aquél alteró el escenario. A los frutos de la tierra, añadió los productos que salían de sus manos. Con la primera flecha, o cualquiera que fuera el primer utensilio, empezó la incesante carrera de instrumentos que se llama técnica. Es el destino del hombre.
Su biología es tecnológica y lo habilita para fabricar sin tope. El motor de su dinamismo es la conexión entre el cerebro y las manos. “Condición de posibilidad de construir instrumentos” , la llama Leonardo Polo. Ya por separado son fabulosos. El cerebro del hombre es, en realidad, un hipercerebro. Su tamaño y formalización son exclusivos y es capaz de albergar la inteligencia, la cual nos permite pararnos a pensar, tomar contacto con las ideas o apreheder lo universal. Con éste se interviene en el mundo práctico con altísima eficacia, pues convierte los recursos en fuentes inagotables de fabricación y hace que rindan al máximo. Fecundados por él, dan de sí todo lo que pueden. En el árbol centenario expuesto a la intemperie, la inteligencia descubre cientos de oportunidades. Descubre el mástil, la viga, el remo, el yugo, la leña, o una invitación a sentarse a descansar bajo su sombra. Oportunidades continuarían siendo por siempre si no fueran trasladadas a la realidad. No fabricándolas, quedarían sin remedio, como los arquetipos de Plotino y Platón, en el territorio de lo ideal. Corresponde a las manos, las operarias de los proyectos de la inteligencia, “proporcionarles cuerpo” y traerlas al real. Las manos tienen rasgos fabulosos. Frente a las extremidades de los demás seres vivos, carecen de especialización. La garra posee uñas corvas; la pezuña, pesuños cubiertos de uñas; la mano del mono, una anatomía diseñada para prender. Las tres están especializadas en una función: la garra en desgarrar, la pezuña en caminar y la mano del mono en agarrar la rama e ir de acá para allá por la arboleda. La mano del hombre, en cambio, no tiene una función definida. Es dúctil y versátil y está abierta a muchos usos. Puede dar y mendigar, acoger y amenazar, pintar y escribir, parar los golpes a la cara de otro o darle garrote vil. Mientras tiene energía es fuente de actividad. Hasta quedarse inmóvil sobre el papel pautado compuso la genial de Béla Bartók. Unos segundos más y hubiera terminado los compases finales de su última obra, Tercer concierto para piano y orquesta, aunque con los anteriores, escritos con muchos padecimientos, enriqueció la vida de los demás. Enriquecer el mundo con sus obras es obra de las manos. Son el órgano politécnico por excelencia. El remiendo del calzado, la microcirugía y la soldadura de una estación espacial dan testimonio de su versatilidad. Todos lo utesilios, todas las herramientas, todas las composturas proceden de su industria. Son el instrumento de los instrumentos.
La productividad humana no se debe, sin embargo, al cerebro o las manos aisladamente, sino a la unión de los dos. La inteligencia sin manos sería semejante al general sin soldados. Éste trazaría la estrategia para no entrar en batalla y aquélla descubriria posibilidadades de fabricación que nadie fabricaría. Quedarían para siempre en un limbo ideal sin descender al mundo. Las manos solas son, asimismo, estériles. Son peones u obreras y precisan la orden de la inteligencia, el plan de trabajo, para ponerse a la obra. La catedral se costruye cuando está el proyecto. Las manos necesitan dirección racional. Sin ella se agitarían sin ningún control o caerían ociosas a ambos lados del cuerpo. Sirven conectadas con la inteligencia. Entonces se vuelven hábiles, adquieren destreza -la inteligencia en las manos- y hacen las cosas que forman el mundo artificial. “La unión hace la fuerza”, dice el dicho popular. La del cerebro y las manos crea una fuerza pujante que mueve a producir. Ésta es, aunque asombrosa, la conclusión: el organismo humano está hecho para hacer. Su destino es la técnica. Lejos de ser ésta una circunstancia ajena a la vida, un añadido adventicio o accidental del que cabría prescindir, es el sino del hombre. Como tal es un fenómeno constante en la historia. No ha habido un tiempo sin técnica ni habrá futuro sin ella, pues forma parte de la naturaleza humana, como el sentido estético o la sociabilidad. Es el modo de vencer el acoso de la necesidad con el auxilio de la libertad. Para elaborar un objeto técnico es preciso que intervenga el libre albedrío. El mundo no es el edén de la abundancia, sino un reino de escasez. La penuria de recursos sitúa al ser humano frente a este dilema: una existencia de privaciones o hacer frente a aquélla. El hombre hace lo segundo. Ante el hostigamiento de la necesidad, su libertad reacciona suscitando posibilidades nuevas. Si, seducida por la indigencia, no reaccionara, no habría técnica. Depende, pues, de la libertad. Como hija de ésta, prenda divina sin cuya iniciativa no extraeríamos la utilidad de las cosas, es, ya lo he dicho, el destino del hombre.

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Lo fue desde el principio, como pone de manifiesto su evolución. “Hace ya entre 50.000 y 60.000 años, dice Stock, que se puede hablar de cultura, y de su compañera, la tecnología. En los humanos la evolución biológica está condicionada fuertemente por la cultura”. Se puede hablar, en efecto, de tecnología desde que apareció en esta tierra. Su aptitud para la técnica, para hacer instrumentos con instrumentos, le permitió apartarse de la coactiva estrategia evolutiva de las demás especies para seguir la propia. En vez de adaptarse al medio, cambiar de morfología conforme a sus exigencias, lo modificó para hacerlo habitable. Sin necesidad de alas, salvó fosos y abismos tendiendo puentes. No tuvo que modelar la anatomía de su cuerpo, como el delfín, para atravesar océanos. Le bastó imaginar el viento hinchando la vela para ser rey del mar. Con sus ojos frágiles, expuestos a astigmatismos y miopías, vio lo oculto, lo invisible y los cuerpos situados más allá de las estrellas. “No existen límites definidos, dice Eve-Marie Engels, catedrática de Bioética de la Universidad de Tubinga, entre la evolución natural y la cultural”. No existen porque en el hombre la evolución natural es instrumental. Se hace con técnica. Los problemas del hábitat, que ponen al animal frente a la alternativa de adaptarse o morir, son para él sólo retos de los que sale airoso. Tapa su desnudez con el vestido; vence el frío con la ayuda de la calefacción; para resguardarse de la intemperie rodeado de los suyos, se construye un hogar; la agricultura y la ganadería le permiten tener la despensa abastecida pese a la avaricia de la naturaleza; con la telecomunicación anula las distancias y fabrica misiles y otras armas destructivas cuando desoye a la ética. Lo último, aunque un grave riesgo que hay que eliminar, no cambia el hecho: el mundo humano no es natural sino instrumental. El hombre es el ser que domina el ambiente. Se inserta en él, no adaptándose, sino transformándolo y llenándolo de novedades. Así ha sido, es y será porque las virtualidades de la tecnología son inacabables. Además de producir objetos, la técnica abre un proceso de producciones sin fin.

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Hubo que esperar un tiempo para ver el alcance de su pujanza ubérrima. Ese tiempo se llama modernidad. En él se empieza a mirar el conocimiento con interés. Hasta entonces el saber era desinteresado. Bastaba conocer qué son las cosas para que el afán humano hallara sosiego. No era necesario que la teoría “diera dividendos” para consagrarse a ella como forma alta de vida. La praxis perfecta es completa por “leer por dentro” la realidad. En sí misma, sin resultados útiles, es fuente de gozo. Todavía Schopenhauer dice que “el puro conocimiento desinteresado” es la “única felicidad pura” . Todo esto lo cambió la acometividad del espíritu moderno. Diligente, industrioso y ávido de resultados, consideró un derroche desperdiciar la eficacia de la teoría para potenciar la práctica. Ésta sin aquélla, como huerto sin riego, da escasos frutos. Sus obras carecen de vuelos altos. No maravillan, no satisfacen las aspiraciones de la fantasía, no remedian las necesidades que ahogan al hombre. La práctica sin teoría es un sol apagado o un músculo sin tono: ni alumbra ni golpea. La flojera se debe a que es imposible hacer sin conocer. Detrás del ruido de los logros técnicos hay estudio en silencio. La penicilina estuvo precedida de años de estudio y reflexiones en el laboratorio; los potentes telescopios, esos ojos para ver los remotos confines del universo, tuvieron que esperar a que se conocieran las leyes de la óptica; el vehículo espacial no se pudo construir hasta saber a fondo los entresijos de la aeronáutica, y el drama lírico es fruto de explorar los secretos de la armonía. Los inventos que nos deslumbran son hijos de una madre que se llama teoría. Fue un acierto de la modernidad entender que es superior a la práctica y servirse de ella para fecundarla. A partir de ese instante el saber fue poder. Un soberbio poder. Dondequiera que se emplea, se produce una mejora de resultados. Si se aplica, como en los tiempos modernos, a mejorar el estado de la sociedad, resulta el progreso. La marcha de la historia se acelera cuando el saber la empuja. Su ritmo cansino se vuelve galopante. Crece la economía, el hombre se zafa de la condena a una vida de subsistencia, la máquina suaviza las duras condiciones del trabajo, la medicina acaba con plagas letales. El hombre percibe su señorío sobre la naturaleza. El pesado yugo con que lo tiranizaba lo aligera la tecnología. Se afloja el cerco axfisiante de la miseria, florecen las artes, avanza la ciencia, se cultiva el pensamiento, se formula la doctrina de los derechos humanos, la libertad demanda la sociedad democrática. El mejoramiento de las condiciones de existencia humaniza la vida: ayuda al hombre a que sea el que es. La técnica es, pues, el destino humano por partida doble. Es hija de su organismo, hecho para hacer, y medio esencial de humanización.

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La incertidumnbre, la duda y la oscuridad son el sello del mundo. En él todo es ambiguo, también la tecnología. Nos hace avanzar a un ritmo frenético hacia no se sabe dónde. Se ha llevado a término el proyecto cartesiano de convertir al hombre en dueño y señor de la naturaleza, pero se empieza a temer que el dominio termine por arruinarla. Hemos ganado en medios, cada vez más refinados y al alcance de todos, pero hay voces que advierten de que hemos perdido el control de los fines. La pérdida, si es cierta, sería inquietante. La nube amenazadora de la tecnocracia encapotaría el futuro. La sociedad tecnocrática, en que fines y medios los fijara la técnica, es posible, en efecto, desde la modernidad.
Durante mucho tiempo los fines de la acción los determinaba el hombre. Representaban la meta de sus afanes y él los decidía. Arar, sembrar, cazar o guerrear eran objetivos que perseguía y se lanzaba a alcanzarlos utilizando instrumentos. “Vivir no es necesario, navegar es necesario”, decían alegres los marineros griegos ante la visión atónita de la inmensidad del mar. Porque navegar es necesario, hay naves; porque guerrear, espadas; porque cazar, arcos, y porque arar, aperos de labranza. Todos esos objetos se someten como medios a la acción a la que sirven. Los bueyes se uncen al yugo para labrar el campo, la espada se empuña para luchar, la nave desatraca para zarpar. Pero ninguno fija el fin que se logra con ellos. El yugo no dice que se unza, ni la espada que se esgrima, ni la nave que se zarpe. Eso lo dice el hombre y los artefactos prestan su auxilio para lograrlo.
El panorama cambia de arriba abajo en la Modernidad. En ella se usurpa al hombre una función que le corresponde. Hasta ahora había sido monarca indiscutible del reino de los fines. Fijar los que tenía por excelentes para hacer de su vida, individual y colectiva, un suceso feliz, era cosa suya. A los demás seres vivos se los imponen las leyes de la especie respectiva. Él, en cambio, desembarazado de coerciones y ataduras, los establecía, como un soberano, según el asunto en que pusiera sus miras. Hasta que cierto día los papeles cambiaron. La tecnología se hizo rebelde y empezó a rivalizar con el hombre sobre a quién corresponde establecer los fines. Poniendo a su servicio las matemáticas, un sector puntero del saber teórico, conoció un desarrollo descomunal. Los ingenios que fabrica desde este momento, como hijos de una exacta e infalible ingeniería, tienen sus propias reglas y marcan la pauta. Dotados de autonomía, casi como si tuvieran vida propia, funcionan por su cuenta, siguiendo su lógica, y establecen las leyes que ha de acatar el hombre para hacer uso de ellos. Una central nuclear impone a la población de las áreas cercanas la obligación de vivir permanentemente en vela. No podrán a cercarse demasiado por miedo a la irradiación. La contaminación impedirá que se planten los huertos y se nade en los ríos, habrá que someterse a revisiones médicas, planeadas escrupulosamente, para prevenir enfermedades. Desde la modernidad, el utensilio, u objeto técnico redoblado con poder determinante, como muestra el jemplo de la central nuclear, no es tan sumiso como el yugo o la espada. Se emancipa de algún modo de la tutela del hombre e impone sus condiciones. “Es una objetividad, dice Leonardo Polo, portadora de un fin” . Lo trae consigo al nacer, al ser fabricado, y obliga a la acción humana a subordinarse a él.
Un misil inteligente es un dispositivo cuyo objetivo es matar. Quien lo planeó, con talento digno de mejor causa, buscaba una máquina deletérea y segura a todo riesgo. Usó los saberes de muchas ciencias, de la balística a la cibernética, y encajó las piezas una tras otra, como engranaje al servicio de un plan bélico, para que fuera un exacto reloj de destrucción. Con ese objetivo como único fin salió de la fábrica y ahora espera en el hangar el momento del disparo que lo lance a colarse por un mínimo resquicio de la defensa enemiga. Ese designio mortal lo lleva en las entrañas (si cabe la licencia de atribuir entrañas a un artefacto devastador) y compele a la acción a secundarlo. Le “pide” que se ponga al servicio de su fin, sin el que es a todas luces un útil inútil. El misil inteligente o se fabrica o no. Pero si se fabrica, surge una criatura con un fin prefijado que atrapa la acción y la encamina en una dirección. No es raro que un país organice su política sobre bases belicistas. Cuando lo hace, los fines sociales, de la sanidad a la educación, quedan supeditados a las exigencias armamentistas. El misil despoja al hombre, no por destructor sino como utensilio tecnológico, de la posibilidad de establecer los fines. Como otros aparatos de nuestros días. La televisión difunde ciertos estilos de vida que el hombre desprevenido de la sociedad de masas adopta como una malva creyendo que la elección ha sido suya. ¿No hay patrones de conducta, formas de diversión o modos de vestir que se imponen poco a poco entre la gente, de manera inadvertida, por la acción hábil del márketing? Instigados por el móvil, hemos entablado la conversación de la humanidad, y el voto, un acto decisivo de la libertad, es inducido a veces en el ciudadano usando con astucia la tecnología publicitaria. Son muchas las situaciones en que vamos a remolque del aparato. Cada vez es más frecuente que marque la dirección que ha de seguir la historia y fuerce a la sociedad a una organización en consonancia con él. Así se ha configurado la civilización científico-técnica.

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La técnica moderna, investida del poder de determinar los fines, entraña este riesgo: nos hace avanzar a ciegas. Abre un abanico de posibilidades que invalida los pronósticos y las previsiones sobre lo por venir. No hay modo de prevenir el futuro al que nos lleva con furia arrolladora. Estamos en sus manos, como nave a la deriva, sin saber si haremos agua o arribaremos a puerto. Las técnicas de reproducción entraron en escena como solución a la infertilidad. Ese noble fin le abrió muchísimas puertas. Pero marcó, asimismo, la dirección a la acción. Le impuso el brutal gravamen de destruir los llamados “embriones sobrantes”, o guardarlos congelados hasta no se sabe cuándo, o usarlos para la investigación. Más tarde se abrió la posiblidad de elegir el sexo de los hijos, y parece inminente la de traerlos al mundo a gusto de cada uno, con cualidades físicas y psíquicas apalabradas por adelantado entre padres y científicos. Más alejado queda el momento en que sea posible reproducir selectos especímenes de hombre. Pero con la ayuda de la fantasía, y ciertas legislaciones con prisas, que antes de llegar dan la bienvenida a la clonación, podemos imaginar un mundo poblado de individuos óptimos. ¿Podrá el carácter racista de un programa así resistir la tentación de instaurar la sociedad poblada por los mejores? ¿Por qué echarse para atrás ante una tecnología que permite llenar este mísero universo de torres de humanidad como Einstein o Beethoven? ¿Dónde nos llevará la posiblidad de tomar a nuestro cargo la dirección de la evolución?
La imposibilidad de responder a esas preguntas es la expresión del riesgo de la técnica moderna. Para conjurarlo, se pueden seguir diferentes estrategias. Una consiste en negarlo. Pero hacer la vista gorda, no darse por enterado, es una pésima táctica. Supone puerilmente que los problemas se esfuman si se mira hacia otro lado. Sólo si se abdica de la reflexión, algo siempre irresponsable, cabe no ver la llegada de un mundo nuevo cuya protagonista será la tecnología. Otra es proteica, pues actúa en varios frentes. El más pugnaz trata de frenar la técnica; y el más complaciente, de paliar sus secuelas con nuevas medidas técnicas: redoblando el protagonismo del artefacto. Frenarla es imposible por antihumano. La biología humana es biotecnología y haría falta cambiar la naturaleza de arriba abajo -enmendar la plana a Dios- para que el hombre viviera sin usar la potencia que le da la alianza de las manos y el cerebro para cambiar el mundo con su trabajo. Paliarla con técnica, además de abrir un proceso al infinito (técnica para paliar los problemas de la técnica creada para paliar los problemas de la técnica), daría lugar a un sistema de reglamentación asfixiante: algo parecido a un régimen totalitario.
Ni negar el peligro ni frenar la técnica. La vía adecuada al hombre, el ser que ha de vivir dirigiendo su vida, es gobernarla. La magnitud que ha adquirido una de sus criaturas le pone ante la tarea de “dominar su dominio”, según las palabras de Gabriel Marcel, para que en todo momento rinda frutos humanos. Sólo si se acepta que es totalmente autónoma, no es viable el gobierno. Pero, a mi modo de ver, en este mundo precario, donde antes o después el sufrimiento impondrá su presencia inesquivable, nada es autónomo así. No hay autonomía absoluta. Tampoco la de la técnica. Ésta ha de avanzar siguiendo su propia lógica al servicio de los fines humanitarios del hombre. Si un día se apartara de ellos, quedaría amenazada la dignidad. Entonces podríamos decir que hemos creado un monstruo.

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One Response to ““La índole tecnológica del ser humano” José Luis Del Barco.”

  1. Dr. Victor Lima Says:

    Buenos días, ¿será que alguién me podría decirme como puedo contactar a Jose Luis del Barco? Escribo desde Guatemala. Gracias.

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